Opinando desde
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Gamboa, en las riberas del Canal de Panamá
Don Goyo y sus caobas
Jorge Ventocilla
Asociado en Comunicación, Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales
ventocij@si.edu
Don Gregorio Jaramillo Sánchez, Don Goyo, nació el año de 1932 en Cerro Teriá, Capira, poblado al oeste de la ciudad capital de Panamá. A inicios de la década de 1950 empezó a trabajar por los lados de “ la Zona” -la extinta Zona del Canal-, y desde entonces no ha parado de “hacer jardín”. Cortando la grama, sembrando o dejando crecer algún arbolito, dando su opinión sobre el cuidado de las plantas, arreglando una cerca, así se ha ganado la vida el decano de los jardineros de Gamboa.
Él no tiene título de historiador pero no hay nadie que conozca mejor la “historia ambiental” del lugar. Algo sabe de casi cada árbol sembrado en jardines y parques públicos. En su sencillez -o justamente por ella-, Don Goyo ha ido acumulando verdadera sabiduría sobre el entorno que le rodea.
Igual conoce de las personas: ha visto pasar a la última generación de “zonians” y a la primera de panameños en esa esquina del río Chagres con el Canal de Panamá que es Gamboa.
Hay un enorme árbol de caoba en Gamboa, entre calles Jadwin y Harding cuya edad siempre fue para mí un enigma. Tan grande como es, tenía que haber estado ahí antes que se construyesen las casas (finales de la década de 1930) - pensaba yo.

Don Goyo y una de sus cinco caobas.
Foto de Beth King.
Un día tuve la oportunidad de observar detalladamente viejas fotos de Gamboa. Tamaña sorpresa: aparecía la casa, nuevecita, pero del árbol de caoba no había rastro.
Don Goyo es un hombre más bien reservado y como yo no le había preguntado él tampoco me había contado sobre ese árbol. “Lo sembré yo, en 1955”, me dijo cuando le abordé el tema. Y tras hacer memoria, añadió: “En noviembre del 55”. Es decir, poco más de 50 años.
De ahí en adelante a Don Goyo se le aligeraron los recuerdos. Cinco arbolitos de caoba fueron sembrados por él, el mismo día y en sendos jardines. “La señora Tina los compró en Curundu, donde la señora Martha, ‘la china’, que vendía plantas. Y por una fiesta que estaban celebrando, me encargaron que los sembrara”.
Uno a uno me explicó cuáles eran las cinco caobas, hoy enormes y en plenitud. No solo eso, me habló también de sus hijos. Así, mientras escribo estas líneas veo a través de la ventana de nuestra casa la caoba en el jardín de Mireya y Don, los vecinos, del cual Goyo dijo: “Es un hijo natural -así los llama-, de la caoba que sembramos originalmente en la casa 130: creció de una semilla que transportó el viento”. Conoce así, también, a más de una generación de caobas.
No cabe duda que vivimos en un hosco mundo moderno; ya José Martí en su momento preguntaba “¿Qué es lo que falta que la ventura falta? Pero por suerte, cuando vemos lo que puede crecer en medio siglo -si sembramos-, y la calidad y conocimiento que puede alcanzar un ser humano cuando siembra, sola, rebrota la esperanza.

Don Goyo y una de sus nietas.
Foto de Beth King.
